Título: OJOS AZULES.

Editada por: AHORA Ediciones de Bibliofilia en el año 2.006.

Edición trilingüe: Español-Inglés-Francés.

Prólogo de: Luis Alberto de Cuenca.

Textos: Arturo Pérez-Reverte.

Páginas: 156

Estuche Medidas: 44 x 32 x 5 cms.

Diseño: Pedro Manzano

Con 20 grabados de Cristóbal Gabarrón, firmados a mano con lápiz por el artista y numeradas por el editor.
Técnica: Serigrafía.

Edición: 295 ejemplares + 60 ejemplares en números romanos del I al LXX

6 ejemplares para deposito legal, 12 ejemplares de A a L para colaboradores.

Ejemplar: LVII.



Obras incluidas en este libro de grabados:

             

1.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

2.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

3.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

4.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

5.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.  

 

6.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

7.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

8.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

9.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

10.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

11.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

12.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

13.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

14.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

15.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

16.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

17.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.  

 

18.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

19.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

20.- Ojos azules,  Serigrafía de  43 x 31 cms.



Paisaje de otro paisaje no pintado: Ojos azules

 

     Fue uno de esos encuentros que difícilmente se olvidan y de los que uno piensa que es un privilegiado por haber sido testigo. Arturo Pérez-Reverte y Cristóbal Gabarrón se conocieron personalmente en el madrileño y muy literario Café Gijón en presencia de Ángel Pina y de mí mismo. El novelista cartagenero nos dedicó a cada uno su libro No me cogeréis vivo, y el pintor de Mula, en la página de al lado, realizó una ilustración con un rotulador negro. En esas fechas, ya estaba en marcha el libro en el que se incluía el cuento de Pérez-Reverte Ojos azules, y realizadas las veinte serigrafías de Gabarrón.

     Y prólogo de Luis Alberto de Cuenca, que, desde hacía tiempo, deseaba pagarle con la misma moneda a Reverte. He de confesar que Arturo y Cristóbal tienen algo de almas gemelas, al margen de ser internacionalmente conocidos, que sólo es una anécdota. Un individualismo radical en uno y otro. Una manera muy singular de ver y entender la vida, como si ambos la contemplaran desde una atalaya. Una constancia y un dinamismo interno que repercute en la realización de un trabajo sólido. Y la exigencia continua, la conciencia de que lo mejor siempre es lo que se queda en el tintero, lo que está por escribir o por pintar.

     A Pérez-Reverte también le fascina el mundo de la pintura. En su saga del capitán Alatriste, alude una y otra vez a Velázquez. Algunas de las descripciones que hallamos en estas páginas parecen arrancadas de un lienzo del pintor sevillano. En El pintor de batallas demuestra su preocupación y su sensibilidad por la faceta artística, aunque Andrés Faulques, el protagonista de la novela, fuera un pintor mediocre, interesado tan sólo por darle forma y color a su atormentada memoria.

     Cristóbal Gabarrón, como Úrculo y tantos otros artistas, era un viejo conocido de Ángel Pina desde hacía más de veinticinco años. Era habitual encontrárselo por las exposiciones de Madrid, lo que aprovechaba para contarle un proyecto –convertirse en editor de libros de bibliofilia– casi rayano en la locura, que aún distaba de ser una realidad, para lo que, desde entonces, contó con el apoyo y la promesa de una futura colaboración de Cristóbal.

     Pina pensaba que Gabarrón se iba a decantar por el texto de un escritor estadounidense, un clásico de la literatura anglosajona. El pintor nacido en Mula deseaba, sin embargo, la colaboración de un autor murciano, y, a ser posible, de fama internacional. El nombre no era otro que el de Arturo Pérez-Reverte.

    Ojos azules, el cuento escogido por Arturo y con el que trabajó Cristóbal Gabarrón, es un relato histórico, ambientado en México en la época de la conquista española, de gran fuerza y expresividad. Un texto envolvente, rotundo, que produce gran impacto en el lector –como un golpe seco y duro en pleno rostro– desde las primeras líneas: “Llovía a cántaros. Llovía, pensó, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro...”.

     Luis Alberto de Cuenca no ocultó su alegría al ser el hombre elegido para realizar el prólogo. En el mismo se refiere al “talento plástico” de Gabarrón y al “genio literario” de Reverte, así como al “buen hacer” y la tenacidad del editor, Ángel Pina. Relata, emocionado, su primer encuentro con el novelista cartagenero y cómo se fue fraguando esa amistad que se presume eterna. Ojos azules –concluye Luis Alberto de Cuenca– es un prodigio de expresión y construcción literaria. No se puede decir más y mejor en tan pocos párrafos”.

     Gabarrón, que no rehuye jamás de los grandes retos, es un intérprete singular de la realidad literaria que presenta el relato. Hace visible, en primer lugar, su pasión por pintar. Saca a relucir, de inmediato, sus dotes para la narratividad. Sus cuadros no cuentan historias. Son historias en sí mismos. Una historia en la que, como en las mejores novelas, como en la mejor poesía, el tiempo es la figura primordial. Cristóbal Gabarrón le da un toque intimista al texto de Pérez-Reverte, propiciando que sus pinturas se conviertan, sin pudor alguno, en un reflejo fiel de su estado de ánimo. “Todo buen cuadro –leemos en las páginas de El pintor de batallas– aspiró siempre a ser paisaje de otro paisaje no pintado”.

 

José Belmonte Serrano

Universidad de Murcia

Fragmentos del catálogo LIBROS CON ARTE

Comunidad Autónoma de Murcia (Marzo 2007)

 

    Cuando Ángel Pina me contó que Arturo Pérez-Reverte le había dado este cuento, Ojos azules, para su colección de bibliofilia y que Cristóbal Gabarrón iba a ilustrarlo, me dio mucha alegría. Desde que apareció en AHORA mi Puente de la espada, con seis serigrafías del llorado Úrculo (que iban a convertirse en una de las últimas cosas que hizo en este mundo) y prólogo de Arturo, decidimos que si el inventor del capitán Alatriste publicaba algo en la editorial de Ángel yo sería su prologuista. Y así ha sido al final. La tenacidad del editor y la generosidad del novelista se pusieron de acuerdo para que aquella idea borrosa fuese creciendo en nitidez hasta adquirir la forma del libro que tienes en las manos, lector. Un libro al que el buen hacer editorial de Pina, el genio literario de Pérez-Reverte y el talento plástico de Gabarrón han situado en un plano de excelencia artística difícilmente superable.

    Lo de “no saber adónde vamos ni de dónde venimos” (que decía Rubén Darío en lo fatal) nos trae por el camino de la amargura a los seres humanos más sensibles desde que llegamos al mundo. Pero de pronto, en medio de esa ruta sombría que no conduce a ninguna parte, surgen referencias seguras, certezas protectoras, luces que dan sentido al viaje. Mi primer encuentro con Arturo Pérez-Reverte se produjo en el universo paralelo de la lectura, donde suelen tener lugar esas benéficas apariciones que tanto nos consuelan. Disfruté mucho con sus libros, me hice adicto a su narrativa, y luego, cuando tuve la suerte de conocerlo y de tratarlo personalmente, extendí mi adicción a su persona y, sin renunciar a la admiración que despertaba en mí su escritura, me convertí en su amigo. (Eso explica la benevolencia que Arturo me dispensa en el citado prólogo al Puente de la Espada, publicado en esta misma colección.)

    Complicidades aparte, Ojos azules es un prodigio de expresión y de construcción literaria. No se puede decir más y mejor en tan pocos párrafos. Después de ofrecernos una visión panorámica de las aciagas y gloriosas jornadas que siguieron a la entrada de los españoles en Tenochtitlán, Arturo se detiene en la peripecia individual de un soldado anónimo, propietario de los ojos azules que dan título al relato. Y en peripecia de ese soldado se condensa la oscura biografía de tantos héroes sin nombre que acompañaron a Cortés en la conquista de México y que parece insustituible para conocer la España barroca, en cuento Ojos azules desvela en unas pocas páginas ni más ni menos que el espíritu que animaba a los conquistadores de América. Tampoco ellos sabían adónde iban ni de donde venían. Pero creían, como Arturo Pérez-Reverte, en la diosa Aventura, y eran capaces de morir por ella.

 

 

Luís Alberto de Cuenca

Madrid, 8 de diciembre de 2004

Prólogo para el libro "Ojos Azules"

 

    Llovía a cántaros. Llovía, pensó, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió  hubieran  roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las gotas de agua corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Llovía sobre Tenochtitlán. Cubriendo la capital azteca de una noche húmeda: lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor. y disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios  mexicanos. Cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar. Ris, ras. Visto y no visto, hombres, mujeres y niños. Por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde. Los he cogido en el introito, dijo luego Alvarado, cuando Cortés fue a echarle la bronca. Se me fue la mano, jefe, se disculpaba, huraño. Pero por lo bajini se reía, el animal. Los he cogido en el introito.

     Bum, bum, bum, bum. Apoyado en el portón, bajo la lluvia, el soldado de ojos azules reprimió un escalofrío mientras se ajustaba el peto y ceñía la espada. A su alrededor los compañeros se miraban unos a otros, inquietos. Al otro lado de los muros del palacio, afuera, los tambores llevaban sonando una eternidad. Bum, bum, bum, bum. Había toneladas de oro, pero ahora Moctezuma estaba muerto y se acababan las provisiones y todo se había ido al carajo. Bum, bum, bum, bum. También había miles y miles de mexicanos en la ciudad, alrededor, cubriendo las terrazas, llenando las piraguas de guerra en los canales y la calzada entre los puentes cortados. Mexicanos sedientos de venganza. Bum, bum, bum. Así todo el día y toda la noche, mientras en lo alto de los templos los sacerdotes alzaban los brazos al cielo y preparaban los sacrificios. Bum, bum, bum, bum. Aquello sonaba adentro, precisamente en el corazón, que los más cenizos ya imaginaban fuera del cuerpo, ensangrentado, abierto el pecho por el cuchillo de obsidiana. Bum, bum, bum. Menudo plan, pensó el soldado mirando las caras mortalmente pálidas de los otros. Venir desde Cáceres y Tordesillas y Luarca y Sangonera, que están lejos de cojones, para terminar abierto como un gorrino, con las asaduras hechas brochetas en lo alto de un templo, aquí donde Cristo dio las tres voces. Bum, bum, bum. Y además, de tanto oírlos, aquellos tambores habían adquirido un lenguaje propio. Si uno prestaba atención podía oír que decían: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos. Bum, bum, bum. Eso decían aquella noche, pensó estremeciéndose, los jodidos tambores de Tenochtitlán.

     Cortés,  con  cara  de funeral, no se había ido por las ramas: tenían que romper el cerco. Dicho en claro, eso significaba Santiago y Cierra España, todos corriendo a Veracruz, y maricón el último. De modo que cargaron en caballos cojos y en ochenta indios aliados tlaxcaltecas la parte del oro que correspondía al rey, y luego dijo Cortés aquello de ahí queda el oro sobrante, más del que podemos salvar, y el que quiera que se sirva antes de darlo a los perros. De modo que los soldados de Pánfilo de Narváez, que habían llegado los últimos, se atiborraron de botín dentro del jubón y del peto, y bolsas atadas a la espalda, y anillos en cada dedo. ...

 

 

Arturo Pérez-Reverte

Fragmentos del libro "Ojos Azules"

 

Ojos Azules

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