Título: LA ILUMINADA ROSA NEGRA.

PRIMER PREMIO NACIONAL 2004 a los Libros Mejor Editados del año 2003, en la modalidad de Libros de Bibliofilia, concedido por el Ministerio de Cultura.

Editada por: AHORA Ediciones de Bibliofilia en el año 2.003.

Edición bilingüe: Español-Inglés.

Prólogo de: Carlos Marzal.

Textos: Antología poética, 40 poemas, los 4 últimos inéditos, de Francisco Brines.

Páginas: 136

Estuche Medidas: 44 x 32 x 4,5 cms.

Diseño: Pedro Manzano

Con 20 grabados de Antonio Martínez Mengual, firmados a mano con lápiz por el artista y numeradas por el editor.

Técnica: Serigrafía.

Edición: 295 ejemplares + 60 ejemplares en números romanos del I al LXX

6 ejemplares para deposito legal, 12 ejemplares de A a L para colaboradores.

 Ejemplar: XII.

 

 

Obras incluidas en este libro de grabados:

             

1.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

2.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

3.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

4.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

5.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.  

 

6.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

7.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

8.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

9.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

10.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

11.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

12.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

13.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

14.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

15.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

16.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

17.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.  

 

18.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

19.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

20.- La iluminada rosa negra,  Serigrafía de  43 x 31 cms.

 

Todas las noches de la vida: La iluminada rosa negra

 

   Cuando aún no se habían apagado los ecos del anterior Premio Nacional obtenido con la obra de Ouka Leele, la fe, el buen hacer y la constancia de Ángel Pina es recompensado con otro Primer Premio Nacional del Ministerio de Cultura a los libros mejor editados, en el apartado de bibliofilia, en su edición de 2004 con La iluminada rosa negra, con una selección de cuarenta poemas, los cuatro últimos inéditos, del valenciano Francisco Brines, con veinte serigrafías originales del pintor murciano Antonio Martínez Mengual y prólogo del también valenciano Carlos Marzal, otro poeta de incuestionable calidad.

    Poemas verdaderamente espléndidos, a los que nos tiene acostumbrados uno de los escritores más representativos y preclaros del siglo XX en lengua española. Poemas escogidos por el propio Martínez Mengual, que gozaba de la amistad y, sobre todo, de la confianza de Brines: “Todas las noches de mi vida, hasta el alba,/ sin llegar nunca a nadie,/ en ciudades distintas, los ojos en acecho,/ son una turbia rosa negra”. Martínez Mengual, como reconoció Brines, es un lector privilegiado que “traduce” en formas y colores sus poemas. De nuevo se cumplían las premisas de Ángel Pina: un pintor de la casa, de reconocido prestigio, con una larga trayectoria profesional que le avalara, original e inspirado, junto a un poeta de fama internacional, como Francisco Brines.

    Pero la historia comienza mucho más atrás. Años antes. Cuando, en 1985, un amigo le regaló a Antonio la obra de Brines titulada El otoño de las rosas. Los versos de Brines despertaron en él numerosas imágenes. Tenía miedo de conocer al escritor por si rechazaba lo que había pintado a partir de su obra. El libro fue, de este modo, la principal fuente de inspiración de la exposición que presentó en el Palacio Almudí en 1989, cuatro años después. Fue entonces cuando tuvo, por fin, ocasión de conocer, personalmente, al poeta, y hablarle del milagro de sus versos. En 1992 Brines se ofreció a escribir un texto para la exposición de Martínez Mengual que tuvo lugar en Verónicas.

   Ángel Pina aún es capaz de recordar la cara de emoción de Francisco Brines cuando vio por primera vez la obra en su casa de Oliva. Y no es para menos. Fue presentado en el Museo Ramón Gaya y en el Palau de la Música de Valencia. Brines confiesa que nunca poseerá un libro más bello que el que tenía en ese momento entre sus manos. Y agradece el gesto del editor y el artista asegurando que se trata de una obra plenamente murciana: “Espero que me consideren, a mí mismo, un murciano de adopción, porque ni siquiera en mi propia tierra he sido aceptado tan generosamente como aquí”.

 

José Belmonte Serrano

Universidad de Murcia

Fragmentos del catálogo LIBROS CON ARTE

Comunidad Autónoma de Murcia (Marzo 2007)

 

 Todo poeta auténtico, todo poeta de voz verdadera, alimenta una serie de fidelidades que acaban por constituir un mundo propio, un mundo que representa, en definitiva, una manera de mirar el mundo. Porque, entre las muchas definiciones que se podrían dar de la poesía, no juzgo la menos acertada aquella que la considera como la traslación verbal de una experiencia íntima del universo.

     Las lenguas constituyen formas de inmiscuirse en lo real; y la poesía, una intromisión elevada al cuadrado: el modo de inmiscuirnos en las entrañas de aquello que se inmiscuye en lo real, para desentrañarlo, para desentrañarnos. De ahí que la trama de palabras que dan vida al poema, la urdimbre de prosodias y ritmos, de músicas y silencios que erigen el sentido, también aludan a la vida, al mismo tiempo que apuntan a la propia tradición de las palabras. Es decir, que el poema se dice a su secreto y nos dice, se canta para sus adentros y nos explica en su canción, se cuenta en su cautela y nos relata. El arte en general aparece como un puente tendido entre esos dos extremos que lo equilibran y desequilibran: su naturaleza independiente, su fondo sólo suyo, y su dependencia con respecto a la realidad de la que forma parte, su fondo también otro. La emoción poética –que es común a todas las artes– surge así, tal vez, al calor de dos tradiciones: la tradición del género y la tradición de la especie. El género de arte que se cultive –poesía, pintura– y la especie humana. La poesía se funda, pues, en el dilema que conduce, por el camino de las palabras, hasta los hombres, y, desde los hombres, al lugar de acogida que las palabras constituyen, y donde se alzan de nuevo, en un círculo de claridad y sencillez, como la casa del hombre.

    Desde este promontorio inicial del siglo XXI, disponemos de la suficiente perspectiva para considerar la Generación del 50, sin miedo al error, como de nuestros más recientes clásicos, y a Francisco Brines, como a un clásico vivo dentro de su memorable generación. Ese concepto –el de clásico vivo, o el de clásico a secas, sin adjetivación– posee definiciones distintas que nunca son excluyentes entre sí. Jorge Luís Borges llamaba clásico a aquel autor a quien las generaciones regresaban de manera incesante en el correr del tiempo. En los asedios múltiples que Italo Calvino dispensó a esta materia, gustaba de ver en un clásico la facultad de convertirse en un mundo independiente. A esas ilustres conclusiones, me gustaría añadir una certidumbre propia.

    Un clásico vivo, según mi parecer, es aquel artista que mantiene viva la mejor llama de su tradición, aquel que es capaz de custodiar en su obra los caracteres de la herencia que el gran arte ha puesto en sus manos. En el supuesto de que una catástrofe borrara del mundo las huellas de toda la tradición precedente, un clásico nos informaría de la grandeza alcanzada por el arte desaparecido. No se trata de que ese clásico atesore en sí toda la tradición, sino de que el tesoro que nos lega está a la altura de la excelencia alcanzada por dicha tradición. Un clásico vivo es, en fin, aquel autor en quien respira con naturalidad y orgullo el legado de los siglos, porque sus predecesores lo ennoblecen y él ennoblece a sus predecesores. ...

 

 

Carlos Marzal

Fragmentos del prólogo "Palabras Pintadas" para el libro "La Iluminada Rosa Negra"

 

 

 UN RASTRO DE FELICIDAD

 

 En esta hora lívida de primavera, cuando cae la tarde,

 después de una reciente lluvia, las flores

 brotan en el jardín

 claras y misteriosas,

 y oigo carreras en la calle, después silencio, siento la soledad

 herirme,

 y ahora pasos y voces. Cesan. Canta un muchacho,

 y adivino en sus ojos la despedida de esta luz cansada, de este

 día terrible

 para tantos, mientras su voz se aleja por la noche.

 

Ahora que no hay felicidad, quiero encontrar un rostro

 que refleje su luz, mirar caer la noche

 sobre el campo dormido, oír cantar un pájaro

 con dulzura inocente.

 Y ahora que de ella nada queda en mí,

 yo quiero contemplarla

 en lo que existe y la retiene,

 y con ojos serenos me asomo a la ventana para ver

 un hombre con un perro, conversando unos niños, un balcón

 encendido.

 

 

 Hay un sordo dolor ante este frío oscuro que se agolpa

 más allá de las horas de la vida,

 y busco un rostro que refleje luz,

 alguien que como yo, teniendo muerte sólo,

 tenga también, como tuviera yo,

 venciéndola, la vida.

 

Los niños se dispersan, el balcón se ha apagado, se hunde

en la noche el hombre con su perro.

 

Francisco Brines

Poema publicado en el libro "La Iluminada Rosa Negra"

La Iluminada Rosa Negra

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